Los hijos de Galeano
“RECORDAR: Del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón.” (El libro de los abrazos)
*Cada día debe tener una buena historia que contar y de eso se trata este relato.
Llegó noviembre de 2012, y con ese mes llegó también Eduardo Galeano a la Ciudad de México. Los pacientes estábamos impacientes por observarlo, por escucharlo, por apapacharlo. Nos visitaba a la UNAM, presentaba su último libro “Los hijos de los días”, y sus hijos, nosotros los lectores, con días de entusiasmo lo esperamos, hubieron algunos que nos desvelamos por tener un buen sitio en ese maravilloso lugar como es la Sala Nezahualcóyotl. La cita tuvo lugar el día 05, mis amigos y yo estuvimos en una zona privilegiada, nos adueñamos de la primera fila sin importar que estuvieran reservados a la crema y nata de la Universidad y de la Ciudad. El recinto saturado a su máxima capacidad, con una fila interminable de personas que terminó por ubicarlos en salas externas y con las ganas de poder ver al maestro en persona, conformándose con escucharlo y mirarlo fuera de la Sala, como ocurría siempre. Más de 2310 asientos no fueron suficientes para albergar a toda esa gente que se formó desde las 6 de la mañana a pesar de que el recital comenzara 12 horas después. Si le hubieran ofrecido el Estadio Olímpico Universitario seguramente lo hubiera también llenado. Pero entonces entró él, el público, en su mayoría jóvenes, lo ovacionamos y aplaudimos de pie. Lo aclamamos cada que nos narraba una historia, esas historias que todos conocemos pero no sabemos como contarlas. Con ese tono tan dulce, penetrante, pausado que tantas veces hemos escuchado. Fue así como el escritor uruguayo nos hacía reflexionar y le da voz a aquellos que no la tienen. El evento finalizó pero no las ganas de aquellos que queríamos saludarlo. Salió rápido, ni tiempo ni instante de pillarlo. Se fue nuestro momento con la lluvia que caía aquella noche en Ciudad Universitaria. Mas llegó el día 09 y llegó también una nueva oportunidad. Se presentaría en el Hotel Hilton de la Ciudad de México para el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Un día antes, yo había acompañado a Elena Poniatowska a dar una conferencia en el mismo espacio. Me aprendí todos las salidas y entradas del edificio con la esperanza de encontrarlo al día siguiente. Y así fue, veníamos de compartir muy buen momento con el politólogo y amigo Arnaldo Córdova(✝), al sur de la ciudad. Nos fuimos y llegamos tarde, el Hotel tenía filas y filas y más filas en sus 4 primeros pisos. Nunca sus salas conferenciales estuvieron tan llenas. Pero ahí estábamos, hice uso de mis recuerdos para evadir la seguridad y filas que ahí estaban. Logramos posicionarnos en un espléndido lugar del Salón. Igualmente aquí, el recinto quedó muy chico. Ya acomodados, con nuestra silla asegurada, salimos e hicimos guardia. Sabía donde habían instalado a Elenita y asumí que en el mismo lugar iban a recibir al maestro Galeano. Probablemente pasó más de una hora de espera, la gente adentro estaba ansiosa, nosotros en el pasillo seguíamos ilusionados. De pronto apareció, venía con un séquito de mal encarados ajenos a él pero que sin motivo lo protegían. Nos empujaron para que pasara a la habitación que le tenían reservada, pero no pudieron. Mi amigo Roberto de alguna manera se las ingenió y pudo esquivar la escolta estorbosa que nos separaba del escritor. Logró decirle algunas palabras y el maestro lo recordó, pero los que lo acompañaban lo alejaron sin poder ni decir adiós. Lo llevaron a otro cuarto y la gente que esperaba se dio cuenta de lo que ocurría, comenzaron a salir con el mismo deseo de ver a ese enorme genio. Los organizadores empezaron a evitar la salida de la multitud al pasillo. Nosotros desconcertados estuvimos a punto de abandonar el sueño, dispuestos a regresar a nuestros asientos y volverlo a intentar en otra ocasión, fue entonces cuando por la puerta salió Helena, su esposa, se dirigió a Roberto y comenzamos a suplicarle que nos permitieran saludarlo. Se nos quedó viendo, seguimos insistiendo. “No debería de hacer esto” nos comentó, “espérenme aquí”. Regresó a la habitación, nuestras pobres esperanzas se resumieron a un instante. Nunca antes nuestras venas se sintieron tan abiertas. Salió nuevamente del cuarto llegando a nosotros y sin más nos dijo: “síganme”. Y así lo hicimos, pasamos entre los escoltas, los organizadores y demás admiradores como espíritus, sin impedimento de nadie, como a los que acostumbraba él defender: a los invisibles. Y entramos, sólo 4 de sus allegados y nosotros dos. Tranquilo Galeano nos recibió con su acento uruguayo y su sencillez apreciable de siempre. De tez rozada, su ropaje de costumbre, algo cansado, nos acogió como sus hermanos. Nos presentamos, y empezó a escuchar, escuchar y escuchar. Platicamos de todo y de nada, de nuestros países, literatura, nuestras costumbres, comida, amigos. Al terminar, salimos estremecidos, ya no sólo conocíamos al gran maestro Eduardo Galeano a través de su obra, sino en persona. Un ser humilde, divertido, reflexivo y con mucho sentido común. Fue un instante apenas, pero un instante significativo e inolvidable, como para ponerlo de portada en un tratado de interpretación de los sueños.
“RECORDAR: Del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón.” (El libro de los abrazos)
*Cada día debe tener una buena historia que contar y de eso se trata este relato.
Llegó noviembre de 2012, y con ese mes llegó también Eduardo Galeano a la Ciudad de México. Los pacientes estábamos impacientes por observarlo, por escucharlo, por apapacharlo. Nos visitaba a la UNAM, presentaba su último libro “Los hijos de los días”, y sus hijos, nosotros los lectores, con días de entusiasmo lo esperamos, hubieron algunos que nos desvelamos por tener un buen sitio en ese maravilloso lugar como es la Sala Nezahualcóyotl. La cita tuvo lugar el día 05, mis amigos y yo estuvimos en una zona privilegiada, nos adueñamos de la primera fila sin importar que estuvieran reservados a la crema y nata de la Universidad y de la Ciudad. El recinto saturado a su máxima capacidad, con una fila interminable de personas que terminó por ubicarlos en salas externas y con las ganas de poder ver al maestro en persona, conformándose con escucharlo y mirarlo fuera de la Sala, como ocurría siempre. Más de 2310 asientos no fueron suficientes para albergar a toda esa gente que se formó desde las 6 de la mañana a pesar de que el recital comenzara 12 horas después. Si le hubieran ofrecido el Estadio Olímpico Universitario seguramente lo hubiera también llenado. Pero entonces entró él, el público, en su mayoría jóvenes, lo ovacionamos y aplaudimos de pie. Lo aclamamos cada que nos narraba una historia, esas historias que todos conocemos pero no sabemos como contarlas. Con ese tono tan dulce, penetrante, pausado que tantas veces hemos escuchado. Fue así como el escritor uruguayo nos hacía reflexionar y le da voz a aquellos que no la tienen. El evento finalizó pero no las ganas de aquellos que queríamos saludarlo. Salió rápido, ni tiempo ni instante de pillarlo. Se fue nuestro momento con la lluvia que caía aquella noche en Ciudad Universitaria. Mas llegó el día 09 y llegó también una nueva oportunidad. Se presentaría en el Hotel Hilton de la Ciudad de México para el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Un día antes, yo había acompañado a Elena Poniatowska a dar una conferencia en el mismo espacio. Me aprendí todos las salidas y entradas del edificio con la esperanza de encontrarlo al día siguiente. Y así fue, veníamos de compartir muy buen momento con el politólogo y amigo Arnaldo Córdova(✝), al sur de la ciudad. Nos fuimos y llegamos tarde, el Hotel tenía filas y filas y más filas en sus 4 primeros pisos. Nunca sus salas conferenciales estuvieron tan llenas. Pero ahí estábamos, hice uso de mis recuerdos para evadir la seguridad y filas que ahí estaban. Logramos posicionarnos en un espléndido lugar del Salón. Igualmente aquí, el recinto quedó muy chico. Ya acomodados, con nuestra silla asegurada, salimos e hicimos guardia. Sabía donde habían instalado a Elenita y asumí que en el mismo lugar iban a recibir al maestro Galeano. Probablemente pasó más de una hora de espera, la gente adentro estaba ansiosa, nosotros en el pasillo seguíamos ilusionados. De pronto apareció, venía con un séquito de mal encarados ajenos a él pero que sin motivo lo protegían. Nos empujaron para que pasara a la habitación que le tenían reservada, pero no pudieron. Mi amigo Roberto de alguna manera se las ingenió y pudo esquivar la escolta estorbosa que nos separaba del escritor. Logró decirle algunas palabras y el maestro lo recordó, pero los que lo acompañaban lo alejaron sin poder ni decir adiós. Lo llevaron a otro cuarto y la gente que esperaba se dio cuenta de lo que ocurría, comenzaron a salir con el mismo deseo de ver a ese enorme genio. Los organizadores empezaron a evitar la salida de la multitud al pasillo. Nosotros desconcertados estuvimos a punto de abandonar el sueño, dispuestos a regresar a nuestros asientos y volverlo a intentar en otra ocasión, fue entonces cuando por la puerta salió Helena, su esposa, se dirigió a Roberto y comenzamos a suplicarle que nos permitieran saludarlo. Se nos quedó viendo, seguimos insistiendo. “No debería de hacer esto” nos comentó, “espérenme aquí”. Regresó a la habitación, nuestras pobres esperanzas se resumieron a un instante. Nunca antes nuestras venas se sintieron tan abiertas. Salió nuevamente del cuarto llegando a nosotros y sin más nos dijo: “síganme”. Y así lo hicimos, pasamos entre los escoltas, los organizadores y demás admiradores como espíritus, sin impedimento de nadie, como a los que acostumbraba él defender: a los invisibles. Y entramos, sólo 4 de sus allegados y nosotros dos. Tranquilo Galeano nos recibió con su acento uruguayo y su sencillez apreciable de siempre. De tez rozada, su ropaje de costumbre, algo cansado, nos acogió como sus hermanos. Nos presentamos, y empezó a escuchar, escuchar y escuchar. Platicamos de todo y de nada, de nuestros países, literatura, nuestras costumbres, comida, amigos. Al terminar, salimos estremecidos, ya no sólo conocíamos al gran maestro Eduardo Galeano a través de su obra, sino en persona. Un ser humilde, divertido, reflexivo y con mucho sentido común. Fue un instante apenas, pero un instante significativo e inolvidable, como para ponerlo de portada en un tratado de interpretación de los sueños.
Por David Bazan

No hay comentarios.:
Publicar un comentario